UN SAN JUAN DE ENSUEÑO
 
Me las prometía muy felices. Será que tengo un extraño don para estropear situaciones especiales. Hubiese sido partidario de quedarme en casa esa noche, pero Lorena insistió en salir, ¿quién le dice que no a una mujer?. A mi me gustan las noches de san Juan, con inocentes niños metiendo petardos en los tubos de escape de los coches, simpáticos adolescentes con tendencias pirómanas, cívicos jóvenes decorando playas con botellas de cristal, etcétera, etcétera. Entre tanto jolgorio, Lorena y yo disfrutábamos de unos tequilas en la terraza de un bar. Reinaba una inquietante tranquilidad, era la una de la madrugada y aun no había oído el agradable sonido de la sirena del camión de los bomberos. Cierto es que la calma precede al temporal. Un agradable muchacho, distinguido y de buena familia, quiso compartir con nosotros su alegría. Tiró un petardo en mitad de la terraza, con esta simpática acción, logró que empezase la fiesta. Sobresaltado por el estruendo, un perro mordió al señor de la mesa de al lado. El hijo del señor, acarició amablemente el rostro del mastín con la puntera de su bota. Luego el dueño del animal, muy agradecido, decidió devolverle al joven su gesto de igual forma. Todo esto bajo una espesa cortina de humo, que enharinó a cuantos habíamos en el lugar. Entre tanto, yo intentaba reanimar a una asmática con dificultad para respirar. Decidí que era un buen momento para aplicar lo aprendido en mis cursos de la cruz roja. El marido de la señora, malinterpretó mis intenciones, y al ver mis labios juntos a los de su esposa, me tiró en lo alto su cerveza, y me hizo saber que mi madre trabajaba en el lupanar del pueblo. Por Lorena me enteré, que el marido de la asmática tenía afición a ciertas prácticas homosexuales, aparte de que su madre tenía que ser compañera de la mía. -“ ¡eres un maricón hijo de puta....!” -le dijo.
La policía estaba en camino, mientras que la ambulancia se hacia de rogar, al parecer antes de nada, tenían que atender a un chico al que le faltaban cuatro de los cinco dedos de una mano.
Lo dicho, un San Juan de ensueño.






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