Compañero de fatigas, tú eres testigo de todo lo que aquí se recoge. Espero que algún día mi verba impresa en ti llegue a manos de alguien que me lea; y así sepa del infierno en vida que padezco, sepa de cuantas aberraciones he visto y vivido, y entienda que una lucha entre hermanos es lo más absurdo, y lo más terrorífico que le pueda pasar a un país.
 
 
 
2-9-1937
 Aprovecho este descanso para seguir tintando tus páginas. Son las dos de la madrugada, algunos duermen, yo no, no puedo. No me deja la conciencia, ni tampoco el sonido de balas y morteros que se oyen a lo lejos.
Llevamos tres días en Belchite, último flanco a batir antes de llegar hasta Zaragoza. Tomamos Quinto, Mediana y Codo sin problemas, pero Belchite... Belchite se resiste.
Me duele la cabeza, la espalda y los pies, estoy cansado, cansado de combatir. Me siento sucio, me duele el alma. Me torturan la imágenes grabadas a fuego en mi mente de los aviones bombardeando a los pobres Belchitanos.
Belchitanos, que junto al ejercito Nacional protegen a su pueblo del asedio al que nosotros les sometemos.
Entramos en el pueblo conquistando calle a calle, casa a casa; matando a cuantos se cruzan en nuestro camino, ya sean soldados o civiles, adultos o niños. Los gritos de los adultos y los llantos de los niños ensordecen mis oídos. Tenemos orden de arrasar, si no salen de sus casas, las incendiamos. No tienen escapatoria, el fuego los quema, el humo los ahoga, y si osan salir, los abatimos a tiros. 
No puedo disimular la pena en mi rostro. Mientras que algunos de mis compañeros cantan alegres y enarbolan banderas, yo lloro las bajas “enemigas”. Antes de marchar al frente no era más que un pobre labrador; yo no sé de política, ni tampoco me interesa. Creo que la dignidad humana está por encima de toda política, no justifico aquellos que se alzaron contra el estado, pero tampoco justifico lo que estamos haciendo nosotros. Nadie me dio a elegir, estoy a merced de unos cuantos mandamases que han decidido que mi destino es servir a la república. Ahora pienso, quizá sea más digno morir que no matar; pero es tan aterrador el miedo a morir, si tuviese valor yo mismo acabaría con tanto infierno, pero no soy capaz, ni por mi, ni por María. Gracias al recuerdo de María a veces mis labios sonríen en tan crudo escenario.
 También me apenan los caídos de mi bando, ya van unos cuantos fallecidos a manos de los paco* .
Siendo hombre como soy, me avergüenza decir que el miedo me ha hecho manchar mis pantalones. Por más pal.......
 
 
 
 
 
 
Señores Muñoz:
 
Me apena harto tener que comunicarles tan triste noticia, su hijo Diego ha fallecido en el frente. Él me encomendó tan dura tarea. - Si me muero, te ruego que se lo hagas saber a mis allegados-. Era una gran persona, y un gran compañero. Como ustedes, nosotros también extrañaremos su presencia. Siempre nos contagió de su alegría y buen humor, y enalteció la moral de la tropa. Pero sus últimas horas las vivió sumido en un triste silencio... Solo encontró desahogo en su diario. Espero que su lectura les acerque a su hijo. 
La última página escrita está manchada de sangre. Un francotirador puso punto y final a las líneas de su vida.
Siento su perdida.
Les doy mi más sentido pésame.
 
 4/9/1937 Chema.
 
 





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