Navidad, Navidad, dulce Navidad…
 
-¡Feliz Navidad Andrés!
-Tu padre, cabrón-dije entre dientes.
-¿Cómo?
- Igualmente jefe, felices fiestas. 
 
Menudo asco de cesta me han dado este año en el trabajo. Pesa menos que la del año anterior, y la del año anterior ya pesaba menos que la del anterior. Y a este paso nos dejaran sin cesta…
La Navidad es mágica: los billetes vuelan de la billetera. Me hace tanta ilusión comprar regalos a los niños. ¡Puñeteros! Los míos, esos dos diablillos que por estas fechas se convierten en angelitos ejemplares. ¡Y claro! ¿Luego cómo podría el barrigudo ese al que llaman Papá Noel negarles nada? Si fueran solamente los míos... Pero no. También están mis sobrinos, los sobrinos de mi mujer, los sobrinos de mis sobrinos…
Sin embargo, no pierdo la esperanza. Aún sueño con que, el día veintidós, las horrorosas voces de los impúberes del colegio de San Ildefonso canten el número de mi boleto de lotería. 
Me dirán que el dinero no da la felicidad, a lo que contestaré: el dinero es la felicidad. Bueno, lo que más se le parece. Si me toca… Me voy con lo puesto a saber dónde, sólo con mi dinero. ¡Pardiez que lo hago!
Hace un año no me tocaron cien millones de pesetas por pura casualidad: un amigo me contó que la clave para ganar la lotería, era no desear que me tocara. Tanto deseé que no me tocara -para que me tocara- que no compré boleto, y me tocó. Tocó el número que hubiese comprado. Éste año no me tocará, pues no puedo evitar el querer que me toque. Sí, lo sé. Me espera otra dulce Navidad, cenando en familia y cantando villancicos…





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