Date por jodía
 
Cristóbal Revilla: el tonto de Puente Abajo, o el laco de Jabalcón. Así era conocido este buen mozo que en tiempos de la segunda república vivía en  Cuevas de Puente Abajo (Granada). 
Hijo bastardo de Don Julián; señor adinerado que vivía en un cortijo de la capital.
Don Julián no reconoció nunca  a su hijo, pero, con tal de limpiar su  conciencia, a espaldas de su mujer pagó los estudios de Cristóbal en Granada.
Por eso es que las gentes de Puente Abajo decían que Cristóbal se volvió tonto de tanto estudiar.
 No se supo manejar en ninguno de los trabajos en los que estuvo; torpe y lento, terminó por no ser contratado por nadie.
Por suerte del destino, al morir su padre heredó parte de su fortuna, por lo que ya no le fue necesario trabajar. Aun con dinero, seguía viviendo como pobre.
 El sambenito de loco  lo debe a que  solía pedirle  a la gente aquellas prendas de ropa que llevaban puestas, aquellas que le gustaban: zapatos, camisas y gorros. De Jabalcón, porque su cueva estaba al píe del cerro Jabalcón.
 
 
Lo que le llevo a ser tildado de loco, le llevó también a entablar relación con Don Epifanio,  párroco de Benamaurel, (pueblo al que está anejada la pedanía de Puente Abajo). Éste – Epifanio-, acudió como cada miércoles a la ermita de San Isidro para dar el sermón semanal. Lucía galán su boina nueva.   Cristóbal, al verla, quedó prendado de ella, tan prendado que, no tuvo reparo en pedírsela.
 
-Padre, padre, que gorrica tan bonica que tiene uzté, ¿por qué no me la regala?
 
Epifanio, a sabiendas del poco juicio que el pobre tenía, pensó que una mentira piadosa bastaría para salir airoso de la incómoda situación en la que éste le ponía.
 
-Si hijo, te la regalo, pero otro día, hoy no.
 
Así el tonto de Puente Abajo marchó contento, creído que el cura terminaría por regalarle su gorrica. A Epifanio le reconcomía un poco el haber mentido al pobre chico; pero, se dijo, “me basta con un credo y dos salmos para hacerme perdonar”.
 
Lo que el párroco ignoraba era la gran capacidad de persuasión que tenía el tonto de Puente Abajo.
Así fue que al miércoles siguiente, al terminar el sermón, Epifanio se cruzó otra vez con Cristóbal, y éste volvió a pedirle su boina.
 
-Padre, padre, ¿cuando me va a dar su gorrica?
 
-Otro día hijo, otro día..
- ¿Pero me la va a dar, verdad, verdad que me la va a dar, padre?
-Sí hijo sí, te la daré, no te preocupes…
 
Y así cada miércoles. Y ya no sólo los miércoles; el loco de Jabalcón tomó por costumbre bajar a Benamaurel a pedirle al padre su gorrica. Tanto insistió… en las misas, en los bautizos, en las bodas, incluso en los entierros que Epifanio terminó por aceptar que aquel martirio era un castigo divino por haber mentido a Cristóbal, y, por tal de librarse de tamaña condena, dijo: 
 
- Toma, toma la puñetera boina de una vez, y haz el favor de dejarme tranquilo pa to los siempres, ¡pesao! Más que pesao..
 
- Gracias Padre, muchas gracias, que Dios le bendiga por ser tan bueno.
 
Apuesto y galán se veía a sí mismo con su nueva prenda de vestir, y, liberado de todo complejo, se animó a ir al baile que había en la plaza, decidido a conquistar a alguna damisela que estuviera de buen ver. Después de soportar cuatro bofetadas se acercó a Mariana la porquera; hija de Tomás el porquero. La joven, no por ilusión, si no más bien por falta de opción, aceptó ser cortejada por Cristóbal. Y es que ésta prefería verse con el tonto de Puente Abajo a tener que quedarse a vestir Santos. Desde ese día nació un feliz enlace entre Mariana la porquera y el loco de Jabalcón.
 
 Cristóbal, cansado de masturbarse, aprovechó que tenía novia para hacerle proposiciones indecentes. Ésta, timorata de Dios, temía caer en pecado si aceptaba frotarse y refrotarse con su novio. Pero, ardía en deseos de perder la candidez. Así que creyó oportuno hablar con alguien para resolver tan importante dilema. Y ¿quién mejor que un cura para eso?
 En esas estaba, cuando decidió bajar a Benamaurel para encontrarse con Don Epifanio.
 
-Padre, verá, es que mi novio me ha propuesto… ya sabe…
- No hija, no sé si no te explicas.
-Pues que me ha dicho que si quiero, hacer eso con él.
 - ¿Hacer qué, hija, hacer qué?
- Hacer eso que hacen los matrimonios, padre
-¿Y qué hacen los matrimonios?
- ¡Coño! Pos hacer el amor, ¿qué van hacer?
- ¡Por el Cristo del gran poder! Esa lengua hija, esa lengua. Diez Ave Marías de penitencia.
-Sí, sí, pero, contésteme padre, ¿qué le digo yo a mi novio?
- ¡¿Pues qué le vas a decir!? Que hasta que no estéis unidos ante los ojos del Señor, nada de nada. Y diez Ave Marías más, ¡hay hija! Abstinencia, abstinencia…
 
Epifanio, curioso como era, no se pudo estar de preguntar quién era el novio.
 
-Hija, y dime, ¿quién es ese truhán que te ha propuesto hacer esas cosas? Dímelo, que ya le agarraré yo y…
 - Cristóbal Revilla, padre.
- Revilla, Revilla… La verdad es que me suena pero ahora… Oh, ¡María, madre de misericordia! ¿No será ese al que llaman el tonto de Puente Abajo?
- Si, padre, ese mismo.
- Hija… en ese caso… date por jodía.
 
 
 





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